jueves, 26 de abril de 2012

Socorro, socorro


Socorro, siento que la vida se acerca.
Cuando lo único que quiero 
es morir.
Grito
empezaste y terminaste en el aire
pero ¿qué hubo en medio?

Marilyn Monroe, 1961

domingo, 8 de abril de 2012

T.M.I.


A menudo sucede que la impotencia me invade. Ganarse la vida en uno de esos trabajos de cara al público da lugar a multitud de situaciones incómodas que comienzan cuando el cliente decide aportar más información de la necesaria y ya no terminan nunca. Es enriquecedor y muy agradable intercambiar impresiones acerca de un escritor o una película cuando el cliente decide que tu opinión le interesa y esto es recíproco: pero lo único que realmente necesita el dependiente es que cada cliente exprese de una forma cortés, directa y breve lo que necesita, para atenderle satisfactoriamente en el menor espacio de tiempo posible.

Parece simple, parece obvio, pero desgraciadamente no suele ser así. Nada más lejos de la realidad: a menudo sucede que los clientes se extralimitan, se contradicen, se equivocan, se olvidan. Así, puede ocurrir que a la petición final de la necesidad le anteceda una interminable introducción absolutamente innecesaria del tipo: “Es que como su compañera de clase no se lo puede prestar vengo de la Casa del Libro porque allí es más barato pero ya se les había agotado y he tenido que volver porque se puso a llover y no tenía paraguas y al salir del metro me encontré con una tienda de saldos pero con tan mala suerte que tampoco lo tenían y la dependienta, que sería así de la misma edad que tú me ha dicho que por qué no os preguntaba a vosotros y me ha mandado aquí: quiero La Celestina en la edición de Cátedra”.

Pero puede ser mucho peor. Puede que la información innecesaria sea breve y no reste más de unos segundos de tu preciado tiempo (siempre hay mucho trabajo esperando en el almacén) y sin embargo se trate de una frase lapidaria que haga que hasta el final del día tu rostro exprese el Grito de Munch: “¿Me lo puedes ir buscando mientras voy un momentito al baño? Es que no puedo más”. Lo peor, sin lugar a dudas, es la coletilla: “Es que no puedo más”. Too Much Information.

Los ejemplos al respecto son infinitos. ¿De veras todo esto es necesario? ¿Dónde quedaron la seriedad, la educación y el saber estar de la sociedad que me rodea? ¿Acaso es esto lo que les enseñan ahora a los niños en el tiempo libre que les resta de sus huelgas de deberes?

sábado, 7 de abril de 2012

"El origen del mundo" - Pierre Michon


“El origen del mundo” es una pequeña novela que destaca por su originalidad, ya que su propuesta es muy valiente y arriesgada. Este tipo de literatura, que se caracteriza por el lirismo presente en todas y cada una de las palabras que utiliza, no es la habitual en los estantes de las librerías más comerciales, y por eso me resulta llamativo y fabuloso que Pierre Michon sea un escritor tan conocido y admirado (no tanto en España pero sí, y mucho, en Francia, su país de nacimiento). 

El libro llama la atención del lector en un primer momento por lo sugerente que resulta la imagen de cubierta (un atractivo cuerpo de mujer a la que no se le ve el rostro) y por el título, que a mí, personalmente, me evoca el vientre materno. Huelga decir que la edición de Anagrama, como siempre, también en este caso es impecable.

La sensación mientras se recorren las páginas de este libro es la de estar leyendo un poema, aunque se trate de una novela en prosa, porque las frases son delicadas y bellas y aparecen en ellas, de repente, imágenes que evocan varios significados concentrados en un pequeño puñado de palabras. A medida que el texto avanza, esas imágenes son más frecuentes, y mucho más oníricas y evocadoras. A pesar de ese lirismo y esas escenas en ocasiones un poco confusas o veladas, el texto se lee de una forma muy fluida, ya que también posee un ritmo preciso y musical que facilita la lectura.

Me han gustado especialmente las descripciones de las dos mujeres que protagonizan las fantasías del protagonista, un jovencísimo profesor, aún casi niño: la posadera de la pensión donde se aloja y la mujer que regenta el estanco, madre soltera de uno de sus pequeños alumnos, a quien descubre de casualidad y que ya no puede alejar de sus pensamientos. El fragmento que reproduce este encuentro es probablemente el más hermoso de todo el libro: en él, el protagonista admite que nunca le han convencido esas bellezas que se van revelando poco a poco, y que sólo cree en las apariciones, por lo que conocer a la mujer del estanco supone para él un flechazo, un amor a primera vista que le sacude con fuerza y le desarma.

“El origen del mundo” me ha recordado a dos novelas sumamente líricas y bellas e igualmente magistrales: “Butes”, de Pascal Quignard, y “El valle de los avasallados”, de Réjean Ducharme: tienen muchas características en común. Quizá no sean superventas, pero las tres merecen sin duda una lectura y que prestemos también atención a un tipo de literatura diferente y probablemente mucho más enriquecedora que una de esas novelas que se leen para pasar el rato, en las que en vez del cuidado en la calidad literaria prima el único interés por saber quién es al final el asesino... Estos libros representan para mí la literatura y la novela en su estado más puro y, aunque hasta ahora no conocía la escritura de Michon, a partir de la grata experiencia leyendo “El origen del mundo” buscaré sin duda otros títulos suyos más antiguos.

martes, 3 de abril de 2012

"El Sunset Limited" - Cormac McCarthy


Leí “The Sunset Limited” teniendo muy presente desde el comienzo la novela “The Road”, del mismo autor, que es un libro sencillamente magistral, y he de decir que esta breve obra de teatro está sobradamente a su altura y mi consideración sobre McCarthy como uno de los mejores escritores que he leído, sigue intacta.

“The Sunset Limited” es un diálogo entre un hombre blanco que acaba de intentar arrojarse a las vías de un tren y uno negro que le ha salvado de la muerte en el último momento. El hombre blanco es un profesor de cierto prestigio con formación y cultura, goza de una buena posición social pero a pesar de todo no encuentra sentido a la vida (carece de la fantasía necesaria en el día a día para seguir adelante, como comenta en una ocasión a lo largo del diálogo). Su único deseo es lograr la oscuridad y el silencio absolutos, el reposo eterno que es su idea de la muerte, sólo así encontrará la paz necesaria. 

Por otro lado, el hombre negro arrastra un pasado lleno de dolor y malvive pobremente, incluso ha estado en la cárcel durante un tiempo. A diario acoge en su casa a otros seres olvidados (delincuentes, drogadictos) y su fe religiosa mantiene intacta su ilusión por la vida, pese a su presente gris. 

Así pues, su conversación enfrenta dos posturas contrarias ante la vida. El hombre negro intenta convencer al otro de que no se quite la vida, con frases cargadas de giros, sabiduría y buena cantidad de ironía. Mientras, el hombre blanco permanece firme en sus convicciones y continuamente se muestra deseoso de abandonar el piso y la conversación, para ir de nuevo al andén y volver a intentar llevar a cabo su suicidio. Son las dos voces de ángel y diablo que todos escuchamos a menudo hablándonos al oído: ninguna de las decisiones que tomamos se libra de pasar antes por el tamiz de la valoración de los pros y de los contras, ninguna valoración acerca de cualquier cosa se escapa tampoco. Por tanto, este diálogo se me antoja el monólogo interior contradictorio que podría perfectamente suceder dentro de la cabeza de cualquier suicida, cuyo discurso previo a la muerte será siempre confuso: la desesperación y las ganas de poner fin a su triste existencia lucharán y se antepondrán al miedo a la desconocida muerte, al dolor, a las consecuencias que de su acto se deriven, etc. El discurso que más pese será el que al final dará lugar bien a suicidarse o bien a continuar con vida.

Sin llegar al extremo del suicidio, el mismo diálogo que nos presenta McCarthy es también similar al monólogo interno de cualquiera de nosotros cuando pensamos acerca de nuestras propias convicciones. Por ejemplo, en la conversación de “The Sunset Limited” se habla en repetidas ocasiones sobre la fe. Pues bien, estoy convencida de que los no creyentes conservan, aunque sólo sea en lo más profundo de sí mismos, un resquicio de duda acerca de la existencia de algo divino que esté por encima de su entendimiento. Igualmente, quienes sí tienen fe mantendrán también en algún lugar la incertidumbre con respecto a si su creencia no es más que una ilusión vacía, puesto que carecen de pruebas que se la puedan confirmar.

La escritura de McCarthy es precisa, sublime, oscura, descarnada y genial. Es, junto con William Gaddis y, también a veces, Joyce Carol Oates, el último representante del gótico sureño. 

Esta pequeña pero brillante obra de teatro plantea muchas preguntas acerca de nuestra existencia y, más concretamente, sobre nuestro grado de satisfacción ante la vida. Y los libros que nos hacen pensar son los únicos que merecen la pena. Éste, en concreto, es mucho más que recomendable y volveré a leerlo en breve, sin lugar a dudas. Espero de veras que ustedes también lo disfruten.

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