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jueves, 2 de mayo de 2019

"El anzuelo del diablo: Sobre la empatía y el dolor de los otros" - Leslie Jamison (fragmentos)


(…) la pérdida es como un sistema radicular que se extiende y multiplica como un rizoma bajo la superficie de mi vida.

Te imagino en todas las direcciones posibles, y luego vuelvo sobre mis pasos y empiezo a imaginarte otra vez desde cero. A veces me resulta insoportable lo mucho que no sé de ti.

(…) un hombre con larga barba blanca me ofreció un zumo de naranja. Era como el dibujo de Dios que haría un niño. Recuerdo lo mal que me sentó que se negara a darme analgésicos hasta que hubiese comido un puñado de galletas saladas, pero se mostró amable. Su resistencia era una forma de cuidarme. Eso lo noté. Me estaba cuidando.

La empatía es una forma de velar por alguien, pero no es la única, y no siempre es suficiente.

(…) la oración no tiene nada que ver con las probabilidades, sino con el anhelo, con querer a alguien lo bastante para postrarte de rodillas y pedir que se salve. Cuando Dave lloró en esa capilla, no fue por empatía, sino por otra cosa. No se arrodilló para sentir mi dolor, sino para pedir que éste acabara.

El estudio viene a decir que la empatía debería nacer del valor, y no puedo evitar pensar que buena parte de mi empatía nace del temor. Temo que los problemas ajenos me pasen a mí, bien que los demás dejen de quererme si no adopto sus problemas como si fueran míos

Camino entre los jóvenes y sanos y soy más o menos como uno de ellos. Intento no sentir escozor. Intento no preguntarme si siento escozor. Intento saber apreciar mi propia piel. A veces el corazón me late demasiado deprisa, o una larva se instala bajo la piel de mi tobillo, o bebo demasiado, o estoy demasiado delgada, pero todo eso son breves estancias lejos de un reino que por lo general puedo considerar mío, un reino donde estoy bien, donde soy capaz de desear y ser deseada, donde no dudo ni por un instante de que tengo un lugar en el mundo. Pero cuando me marcho de la iglesia baptista de Slaughter Lane no consigo acallar las voces de aquellos que ya no creen encajar en ningún lugar. Paso un día en su reino y me marcho cuando me apetece. Se me antoja una traición salir a tomar el aire.

jueves, 24 de enero de 2019

"El orden del tiempo" - Carlo Rovelli


Es un auténtico privilegio aprender sobre el funcionamiento intrínseco del tiempo en una ciudad donde parece haberse detenido: o, al menos, donde la experiencia de la cadencia de su transcurso poco tiene que ver con la vivida en otros lugares. Cádiz.

Un hilo rojo ya muy envejecido me une a este lugar, donde pasé unos meses, hace diez años. Diez. En estos últimos días no he podido dejar de pensar en esas casualidades, tan perfectamente simétricas, que hacen que a veces los círculos se cierren de formas tan perfectas.

Mi madre me dijo que lo que fui a hacer a Cádiz antaño, me devolvería algo en algún momento del futuro. Quién sabe qué me habrá llevado, pero he pasado unos días muy felices en esa hermosa ciudad, embelesándome con el espectáculo increíble de las puestas de sol con esa orientación de las playas tan privilegiada.

p.11 “En el mundo sin tiempo debe de haber algo que en cualquier caso dé origen al tiempo que conocemos, con su orden, su pasado distinto del futuro y su tranquilo fluir. De algún modo, nuestro tiempo tiene que emerger a nuestro alrededor, a nuestra escala, para nosotros.

Sobre todo, he reflexionado mucho en torno al concepto tiempo, mientras caminaba sobre la arena o buscaba sitios para comer donde no se sacrificaran inocentes (os recomiendo encarecidamente La Veganesa, merece la pena ir hasta Cádiz sólo para comer ahí), ya que una de mis lecturas de estos días fue este ensayito del físico teórico Carlo Rovelli, uno de los fundadores de la gravedad cuántica de bucles.

En general, las personas no sabemos nada sobre el tiempo. Damos por hecho que transcurre de la misma manera en que lo percibimos con nuestros sentidos tan imperfectos, y no es así.

p.16 “La capacidad de comprender antes de ver constituye el corazón del pensamiento científico. En la antigüedad, Anaximandro comprendió que el cielo continúa bajo nuestros pies antes de que hubiera barcos que dieran la vuelta a la Tierra. En los comienzos de la era moderna, Copérnico comprendió que la Tierra gira antes de que hubiera astronautas que la vieran girar desde la Luna. Del mismo modo, Einstein entendió que el tiempo no transcurre de manera uniforme antes de que hubiera relojes lo suficientemente precisos para medir la diferencia.

No he podido quitarme esta cita de la cabeza, mientras leía este ensayo: “Las cosas que me pasan sólo pasan: son como fantasmas que se arrojan de repente desde el futuro al pasado – haciéndote al pasar un guiño. Como pasa el viento.” Pertenece a Miguel Morey, en su maravilloso “Deseo de ser piel roja”.

También recordaba a manudo a los Mondoshawan de “El quinto elemento”, afirmando con parsimonia: “el tiempo no es importante, solo la vida es importante”.

En la inquietante película “La llegada”, los extraterrestres regalan su idioma a los humanos, el heptapodo, creado para esa película y que se basa en la hipótesis de que la lengua que hablamos determina la forma en que conceptualizamos y clasificamos la realidad. El lenguaje heptapodo es lo mismo que el pensamiento, inseparables uno del otro, por eso cuando se aprende este “idioma” se es capaz de ir más allá, se aprende también una nueva forma de comprender y asimilar el tiempo, se es capaz de percibirlo como algo circular, en el sentido de que no hay un pasado ya remoto y un futuro por conocer, sino que todo forma parte de una misma cosa: pasado, presente y futuro son, sencillamente, al mismo tiempo. Los símbolos en que esto se plasma, son asimismo circulares, y una búsqueda rápida en Google os mostrará la cantidad de gente que se ha tatuado esos diseños inventados (son extraños pero de alguna manera, hermosos).


p.26     
ΔS ≥ 0
Se lee: “Delta S, es siempre mayor o igual a cero”; y a esto se lo denomina el “segundo principio de la termodinámica” (el primero es la conservación de la energía). Su contenido es el hecho de que el calor pasa solo de los cuerpos calientes a los fríos, y nunca al revés.
Perdóneme el lector la ecuación: es la única del libro. Es la ecuación de la flecha del tiempo; no podía dejar de escribirla en mi libro sobre el tiempo.
Es la única ecuación de la física fundamental que conoce la diferencia entre pasado y futuro. La única que nos habla del fluir del tiempo. En esta inusual ecuación se oculta todo el mundo.
Quien lo desvele será un desventurado y simpático austríaco, nieto de un fabricante de relojes, un personaje trágico y romántico a la vez: Ludwig Boltzmann.
Es Ludwig Boltzmann quien empieza a vislumbrar lo que se oculta tras la ecuación ΔS ≥ 0, lanzándonos a uno de los saltos más vertiginosos hacia nuestra comprensión de la gramática íntima del mundo.


El tiempo transcurre de forma diferente para un reloj inmóvil que para un reloj en movimiento. Las masas, al igual que la velocidad, también ralentizan el tiempo; pasa más rápido a mayor altura que más cerca del núcleo de la Tierra. Aunque no seamos capaces de percibirlo. Es difícil asumir toda esta información cuando nos regimos por el Tiempo Universal Coordinado (UTC), que es ajustado e impreciso, acorde a la astronomía y basado en complejos cálculos y observaciones. También, por husos horarios, que suma o resta una hora según estemos de un lado u otro de las líneas virtuales que se dibujan sobre los mapas, a fin de homogeneizar la medida del tiempo en el planeta de forma ligeramente imprecisa, pero al fin y al cabo práctica.

Me ha faltado que Rovelli profundizara en algún momento en el experimento imaginario del gato de Schrodinguer, que fue concebido como una parodia para poner en tela de juicio y escarnio público las paradojas (y, a priori, contradicciones) de la física cuántica (algo puede ser y no ser al mismo tiempo). Pero lo que se hizo famoso… fue el gatito.

“El orden del tiempo”, además de un ensayo divulgativo sobre la paradoja espacio-temporal, es un hermoso conjunto de reflexiones filosóficas y poéticas que no pierden de vista la física. Un texto de esta naturaleza no tendría cabida en las publicaciones académicas, por lo que sospecho que se trate de una concesión que se hace el autor a sí mismo, o más bien de un capricho, para transmitir sus conocimientos al gran público de la forma más hermosa de la que es capaz: solo por eso, este libro me parece una joya.

p.93 También eso es el tiempo. Un extraño distorsionador de perspectivas. 

También, a raíz de todo esto, os recomiendo la película “Las leyes de la termodinámica”, que intenta establecer, como en un juego, relaciones entre estas leyes y las del amor romántico de pareja heterosexual y monógama… ya lo sé, pereza. Pero, por lo demás, es muy entretenida y se aprende sobre física, además si conocéis Barcelona podéis jugar a adivinar las localizaciones.

p.36 Ahora no significa nada.

lunes, 22 de enero de 2018

El entusiasmo: precariedad y trabajo creativo en la era digital - Remedios Zafra


Remedios Zafra ganó el Premio Anagrama de Ensayo en septiembre de 2017, con este tratado sobre el entusiasmo que hace una captura de la realidad, del día a día de todos aquellos jóvenes creativos o con una fuerte pulsión creadora que se dan de bruces contra las imposiciones del sistema para hacer de su pasión, su trabajo.

Es un libro extremadamente crítico con el sistema, que señala uno a uno los procesos que llevan a los creativos entusiastas a saborear la temida frustración, en un mundo gobernado por la popularidad en las redes sociales, donde ya todo parece estar inventado y triunfar es muchas veces copiar el modelo que ya se ha comprobado que funciona.

El deseo según Deleuze
Ya en la primera página encontramos la cita al concepto de “deseo”, que es clave en la obra de Gilles Deleuze, tanto que sirve como punto de apoyo al conjunto de su obra. Y es que hay algo en el fraseo de los primeros capítulos de la obra de Remedios Zafra, que de algún modo huele a Deleuze: las mismas estructuras narrativas, ese jugar con el lenguaje tan característico, la intención consciente de crear nueva realidad y nuevas teorías a partir de observarlas desde prismas nuevos...: si es cierto que creamos la realidad a partir de nombrar, ¿por qué no iba a ser posible dar lugar también a nuevas teorías cambiando la forma de nombrar o expresar las realidades?

Remedios Zafra deja fuera de este ensayo a toda esa gente que se enriquece con su obra creativa, de mayor o menor calidad artística. Creadores que por mil motivos han conseguido dar con la clave que les catapulte al éxito y así vender miles de libros, cobrar cantidades desorbitadas por un cuadro, vender ropa a los más ricos con diseños de precios inalcanzables, cobrar lo que un obrero cobra en toda una vida por una sola partitura, y así sucesivamente.

Continuamente se centra en el problema de la frustración, un sentimiento que desgasta y que es la forma de vida de un sector que ha visto cómo un trabajo precario que iba a ser tan solo el trampolín para conseguir sus sueños, se ha convertido en una inercia de la que resulta imposible escapar, porque no hay plan B y nada va a caer del cielo milagrosamente para pagar las facturas. Sueños frustrados por la guillotina del capitalismo hostil.

Entre líneas se percibe claramente la influencia que han tenido en la autora la maravillosa transgresión desvergonzada de Foucault y la narrativa contagiosa de Deleuze, que tiene la llave para abrir nuevas formas de pensamiento. Un vistazo a la bibliografía nos lo confirma.

La instrumentalización capitalista del entusiasmo
¿Cómo se valora el trabajo artístico? Veamos. Zafra deja a un lado a los que triunfan, como hemos dicho. Su objetivo es la denuncia de todo aquello que está mal, pero es que también huele a podrido en las galerías de arte que excluyen de forma consciente la obra de mujeres; en los coleccionistas que invierten en arte como puro objeto de capital; en el acceso reservado a determinados espacios artísticos elitistas; en el intrusismo, como pasa en casi todas las profesiones; en la proliferación de “bellartistas” titulados que no piden o se ganan sino que exigen su espacio en el mercado esgrimiendo títulos académicos como frágiles garantes de calidad, pero sin una obra sólida que les respalde y hable por ellos, etc.

En cuanto a la instrumentalización del entusiasmo, de forma repetida a lo largo de los capítulos podemos ver cómo Zafra denuncia el abuso real que existe hacia los creativos: la sociedad, en general, no valora el trabajo artístico por puro desconocimiento e incultura, y así sucede que se ofrece a músicos tocar en espacios sin cobrar, (recibiendo a cambio tan solo el acceder a una sala que les dé cierta publicidad), o a ilustradores a quienes se les piden diseños a cambio de nada, y así sucesivamente. Se entiende que, como es algo que se disfruta haciendo, no hay por qué hacer un pago añadido, en el goce creador el artista debe encontrar todo su pago, (no sabemos de qué manera se paga con eso el ticket de la compra, el alquiler de la vivienda o las facturas, etc).

La desigualdad de género va de la mano a la precariedad laboral, también en el sector artístico (o más especialmente si cabe): los trabajos creativos y los cuidados son tradicionalmente trabajos feminizados. Zafra denuncia que el sistema no evolucione en pos del bienestar de los individuos, sino que avance de una forma tan deshumanizante que tengan que ser las personas las que se adapten a los nuevos cambios para no acabar fuera del engranaje. La autora no se explica cómo los trabajadores, engañados, no se organizan para dinamitar el sistema, sino que se parapetan en nuevas formas de individualismo, no se dan por aludidos, y alimentan así una inercia que de momento les hace vivir peor a todos y que a la larga terminará por destruirles.


El mundo detrás de una pequeña pantalla
p.114 “Un niño mueve los dedos pulgar e índice de su mano derecha sobre el cristal de la ventanilla de un coche. Está sentado en el asiento de atrás y sus juguetes electrónicos se han quedado sin batería. El niño intenta ampliar la imagen de una vaca que pasta en el campo de afuera. Lo hace como si el cristal fuera su pantalla y la imagen real asible y manipulable, como si el mundo real estuviera allí representado y tocarlo le permitiera lograr un primer plano del animal. Desde que nuestro mundo viene cada vez más mediado por pantallas y los animales reales e imaginarios confluyen, allí donde un marco encuadra una escena móvil, late con fuerza la duda.”
Avatares que exigen ser actualizados, redes sociales hambrientas de contenido nuevo, una pantalla en todo momento delante de nuestras caras. ¿Hacia dónde nos lleva esto? Volviendo al trabajo creativo, a través de Internet se ha dado la vuelta a la tortilla, y mientras hace unos años unos pocos creaban para todos, ahora cualquiera, casi todos, creamos para todos, ya que nuestra obra digitalizada y expuesta on-line es capaz de llegar a cualquier lugar del mundo que tenga conexión a Internet.

Las personas creativas han canalizado su entusiasmo para dar forma a nuevos modos de crear en Internet y vivir de ello; el ejemplo de los youtubers como profesión nueva que hace unos pocos años no solo no existía sino que era impensable. Basta con tener una cámara y conexión a la red, ni siquiera hace falta bagaje cultural. Mucha gente triunfa grabando su día a día, exponiendo a su familia e incluyendo a menores (hay quien publica las grabaciones de sus partos y a partir de ahí, absolutamente todo). Las marcas se pelean por ellos, suben los cachés, vida de eventos y farándula, etc. Es solo cuestión de exponer tu privacidad hasta pasar el límite de lo ético y tener cierta gracia frente al objetivo.

Zafra incluye en este libro interesantes cuestiones tangencialmente relacionadas con el motivo de su ensayo. Por ejemplo, el arte utilizado por la masa aborregada como herramienta de evasión. Ella misma, como autora, ha vivido el momento en que sus lectores le piden que escriba libros que les entretengan y no les hagan pensar, algo que no por habitual deja de resultar desesperante.

Esa masa, que es la mayoría, son eternos adolescentes que no se enfrentan a su realidad y que sólo se dejan llevar por la inercia, sin hacer ningún esfuerzo por su crecimiento personal, como bien explicó Recalcati en su maravillosa obra “El complejo de Telémaco”, de esta misma Colección Argumentos. Zafra defiende a ultranza el trabajo creativo como medio para sacudir y crear conciencias, no tan sólo para entretener, y propone que se lleven a cabo nuevas formas de gestionar los procesos creativos para que el trabajo artístico no desaparezca, porque es absolutamente necesario para dar forma a una sociedad de la que podamos presumir.
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