Sentada, con un vestido negro que le cubre desde el cuello a los pies, está la niña. La escalera de piedra va subiendo de su cuerpo a la puerta y a unas flores delante del cristal de la ventana. El rostro está de frente pero la niña mira hacia otra parte. No es de tristeza el gesto ni hay rastro de humedad en las pupilas. Acaba de llorar, o está llorando aún, por dentro. Hay un hueco en el pecho de la niña que se puede tocar.
*
COMO UNA SOMBRA MÁS
Todos piensan en su palabra amordazada, en sus ojos huérfanos y la quietud inexplicable de su rostro. Para nadie resulta sospechoso que recorras sola la ciudad buscándote a ti misma, o que el amanecer te sorprenda, sin rumbo, frente al mar, frente al espejo solo de tu cuarto, frente a tu piel desnuda y quebradiza. Tus ojos también pueden secarse. Lo curioso, lo que no me explico, es que prefieras seguir pasando al fondo. Sus ojos huérfanos, lo sabes como yo, con su mejor disfraz para salir al mundo para que todos crean en su palabra amordazada. En realidad, lo sabemos tú y yo, desde hace mucho tiempo sólo le quedan gestos con los que finge pequeñas y falsas muertes cotidianas. Algunas veces sospecho de tu renuncia. ¿No puedes prescindir de ese juego de ausencias? De tanto borrar tu imagen, en el espejo hay solo una sombra desnuda y quebradiza.
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