domingo, 7 de junio de 2015

"Elogio del gato" - Stéphanie Hochet


Este pequeño ensayo, o libro-capricho, es un recorrido de puntillas acerca del gato, histórico y literario. No profundiza demasiado en ninguno de los aspectos que trata, y por tanto no se puede tomar exactamente como un libro de referencia o de cabecera para consulta erudita sobre los gatos, pero sí hará las delicias de los amantes de la literatura y de los gatos que, lejos de ser ambas pasiones que puedan separarse, más bien resulta extraño que no vayan siempre unidas.

La literatura y los pequeños felinos siempre se han llevado bien, como podemos constatar en las citas que sirven como preludio a cada capítulo (Rilke, Quignard, E.T.A. Hoffmann, Baudelaire, Mark Twain, etc.), una selección tan refinada y precisa de autores escogidos que parece hasta impostada, o de manual. Pero hay mucho más: en cada capítulo, encontramos multitud de referencias cultas que nos pueden servir de puente a futuras lecturas (los paralelismos entre Napoleón y el cuento "El gato con botas" de Perrault, "La gata" de Colette, el personaje de Shakesperare apodado el príncipe de los gatos en "Romeo y Julieta...") Hay muchos más.

Solamente hay dos asuntos en los que discrepo con Hochet: ella defiende que un gato obeso siempre es símbolo de superioridad y distinción, cuando yo creo que significa todo lo contrario y es que, como sucede a los humanos, en el mundo animal hay muchas mascotas atiborradas de comida que sufren sobrepeso y que, por tanto, no están sanas. Lejos de significar poder adquisitivo (por parte de sus dueños) o una salud rebosante, lo que nos da a entender, siempre, es dejadez por parte de los dueños, alimentación descuidada, equivocada o exagerada, etc. Siempre es una mala carta de presentación, como sucede con las personas que llegan a esos extremos. Solo que en el caso de los animalitos, no son ellos quienes tienen la culpa.

El otro asunto que no me ha gustado es la insistencia en comparar la elegancia, belleza y finura de los gatos con la feminidad. No creo que sea algo equivocado en sí mismo, pero sí es un tema que me aburre y me enfada profundamente: porque lo femenino va indisolublemente unido a la mujer, y ¿qué pasa entonces cuando una mujer no es femenina? ¿Es menos mujer? ¿Qué te convierte o te degrada a los ojos de los demás -siempre a los ojos de los demás-? Maldita sea. Es como esa otra barbaridad que no ceso de escuchar y que afirma que no se convierte una en mujer hasta que no es madre. Por favor, paremos esto. Derribemos ya esas barreras mentales. No seamos tan limitados. Tan básicos y brutos. Una mujer puede ser mujer vista como vista, se pinte como se pinte o no se pinte, tenga incluso lo que tenga entre las piernas. La pregunta exacta es: ¿a ti qué te importa? Es más, deberíamos ir por ahí gritando esto: ¿a ti qué te importa?

Un gato es elegante, es preciso, es precioso, es perfecto, es... es un gato, no hace falta compararlo con lo femenino, ¿verdad? Parafraseando a Gertrude Stein: "todo lo que se puede decir del gato es que un gato es un gato es un gato."

Pero en realidad creo que escribo todo esto para presentaros a Aire (un gato con epíteto: Aire, el de los ojos de centella; un gato con nombre élfico que significa mar; y con dos apellidos, Morgan Muir, en homenaje a un fantasmagórico y delicioso personaje literario de Javier Marías). Un pequeño gatito rescatado del motor de un horrible coche aparcado, que lloraba pidiendo ayuda y que hoy es el gato más precioso y cariñoso del mundo y el mejor compañero que he tenido nunca.

Por favor, no compréis animales, hay cantidades ingentes de ellos en perreras y protectoras que necesitan un hogar. Es un tema amplísimo y no es este quizá el momento ni el lugar, pero quien quiera puede dejarme dudas o comentarios en este post, o escribirme al email (marapsara@hotmail.com) para preguntarme cualquier cosa al respecto.

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