viernes, 16 de septiembre de 2016

Oso – Marian Engel



"Oso" es el ejemplo perfecto de cómo estropear una buena idea. Esta novela es originaria de 1976, y por la información en torno a ella rompí mi habitual recelo hacia la editorial Impedimenta (en los últimos años sólo les había agradecido que editaran a Cartarescu, pero incluso él llegó a saturarme).

"Oso" es una novela corta, de tan sólo 170 páginas, que empieza muy bien: la protagonista principal es una chica solitaria que se dedica a realizar clasificaciones documentales e inventarios, y la novela comienza cuando le encargan trasladarse temporalmente a una casa construida en una remota isla canadiense para inventariar la documentación que allí se encuentra. Una no estudió Biblioteconomía por azar, precisamente: así que me encontré encantada con una historia tan apetecible entre las manos, que además está bastante bien escrita: con frases cortas pero directas e inteligentes, que nada tienen que ver con las frases cortas simples y condescendientes de la literatura para masas.

La protagonista Lou se encuentra viviendo en un lugar al que sólo se puede acceder por barca, en esa casa vieja donde se empiezan a detectar atisbos de abandono. La casa incluye una suerte de mascota, un oso manso encadenado. A pesar de que le indican que debe extremar las precauciones porque se trata de un animal salvaje al fin y al cabo, ella decide hacerse amiga de él, llevarlo de paseo y a bañarse, y finalmente le permite entrar en la casa.

Y ahora voy a destripar el final, sé que no suele gustar conocer el desenlace de las historias (no sé por qué: la información es poder) así que, sí, alerta por spoiler, los espíritus delicados dejen de leer aquí.

La luz matinal era veteada, pajiza, verde, una presencia móvil en las ventanas. La cocina nadaba en una especie de penumbra submarina. Una vez listo el desayuno, se lo llevó fuera, a la escalera de la leñera, para desayunar con luz. Acababa de sentarse cuando descubrió al oso mirándola desde la puerta de su cabaña.

Oso. Allí. Mirando.

Ella también lo miró.

En algún momento de nuestras vidas todos tenemos que decidir si somos o no somos platónicos, pensó. Soy una mujer, estoy sentada en una escalera, como tostadas con beicon. Eso es un oso. No es un oso de peluche, no es el osito Pooh, no es el koala del logotipo de una aerolínea. Es un oso de verdad.

¿Era necesario estropear una novelita tan grata con semejante desenlace? ¿Qué falta hacía que Lou se sintiese atraída sexualmente por el oso, y que, además, llegase a creer que se había enamorado de él? Los últimos capítulos son escenas encadenadas en las que el oso masturba a Lou. Por qué, por qué, por qué. Qué demonios nos han hecho los animales para que no dejemos de inventar nuevas formas de denigrarlos.

Procuró concentrarse en lo externo, en sus fichas, en sus notas. Contempló la biblioteca y  comprendió que para que el trabajo le durase todo el verano tendría que mentir. No le quedaba ni una semana de trabajo real. Podía irse pronto, pero no quería irse.

Quise pensar al principio que se trataba de sueños de la protagonista que se hacían pasar como reales para engañar al lector y luego aclarar las cosas… pero, no. En fin, es una novela extremadamente agridulce, hay fragmentos encomiables pero que se quedan absolutamente deslavazados con el increíble giro que lo enturbia todo. A mí me hubiera gustado saber esto antes de embarcarme tan alegremente en la lectura, eso es todo.

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