viernes, 13 de julio de 2012

"La montaña mágica" - Thomas Mann



Nos encontramos ante una novela que es un hito de la literatura mundial cuya publicación marcó un antes y un después en la escritura: la recomendación, en este caso, se adelanta al comentario. “La montaña mágica” es uno de esos libros que uno ha de leer, como pueden ser “Crimen y castigo”, “Cumbres borrascosas” o “Grandes esperanzas”, por citar sólo unos pocos. Digamos que son novelas imprescindibles para cualquiera que se jacte de ser un buen lector: pues bien, cuando uno encuentra el momento adecuado y las lee, se da cuenta de por qué han pasado a la historia: son inabarcables, gigantescas, majestuosas y perfectas.


En el caso de “La montaña mágica”, la lectura se asemeja a un ascenso (sí, aunque sea una comparación muy obvia). A medida que se pasan las páginas, el aire que se respira es un poco más puro, la mente se despeja, las certezas ya oxidadas se diluyen y dejan paso a nuevos planteamientos que sin que nos demos apenas cuenta cambian la forma de entender el mundo que nos rodea. Miras hacia atrás y ves el camino recorrido, y el pasado a tu espalda, allí abajo. En esta novela pasan todas las cosas y a la vez pasan muy pocas: Thomas Mann mantiene en vilo al lector durante centenares de páginas sin introducir en la trama grandes enigmas, ni extraordinarias hazañas, narrando tan solo la vida de un sanatorio de enfermos con afecciones pulmonares. Esto, sólo puede hacerlo un genio.


La idea de “La montaña mágica” surgió de una breve estancia de la mujer de Thomas Mann, Katia, en un sanatorio con características muy similares al de la novela. Es el enclave y la excusa perfecta para reflejar con todo lujo de detalles la decadencia de la sociedad burguesa de principios del siglo XX en los años previos a la Primera Guerra Mundial: el mundo de aquella sociedad se vino abajo, su forma de vivir y de entender su realidad desapareció para siempre. Y esa decadencia final, esos últimos tiempos, quedan aquí perfectamente reflejados, con precisión de cirujano. Después de la guerra nadie volvió a ser quien era antes y, aunque la novela finaliza justo en los primeros días bélicos, el final abierto y absolutamente demoledor da una idea clara de lo que ocurrió entonces.


A lo largo de la novela aparecen decenas de personajes, en su mayor parte enfermos de larga duración ingresados en el sanatorio, pero también sus familiares, los médicos... todos y cada uno de ellos, inolvidables. Personalmente, hay dos personajes que me han marcado para siempre: Settembrini y Naphta, dos de los enfermos que han vivido muchos años en el sanatorio y que mantienen unas larguísimas discusiones sobre temas elevados, a las que Hans asiste atónito y sin intervenir apenas (hay que tener especial cuidado con Naptha, un tipo huraño y anómalo cuyos brillantes sofismas pueden llevarte a su terreno). Durante estas conversaciones la novela alcanza cotas de exquisitez realmente altas.


Por todo esto, les invito encarecidamente a que den una oportunidad a Thomas Mann, si no lo han hecho todavía. Hace tiempo, también disfruté mucho con la lectura de “Muerte en Venecia”, del mismo autor, cuya versión en cine (de Visconti) también es más que recomendable.

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