lunes, 3 de octubre de 2011

"Vivir y morir en Lavapiés" - José Ángel Barrueco


Leo estos días, ávidamente, “Vivir y morir en Lavapiés”, la nueva novela de José Ángel Barrueco, publicada por Ediciones Escalera y recién salida del horno. Una vez más, como es habitual en su caso, la lectura ha sido una experiencia trepidante y vertiginosa. Tanto por su presentación en fragmentos breves, como por la forma en que está escrita, rápida y libre de adornos prescindibles, es capaz de enganchar al lector con mucha facilidad.

Esta novela es un recorrido escrutador y profundo por los entresijos del barrio madrileño de Lavapiés: JAB nos dibuja un mosaico de costumbres y personajes fruto de una cuidadosa observación diaria, describiendo con precisión de cirujano tanto las escenas que podríamos encontrarnos cara a cara en las calles y locales dando un paseo por el barrio como aquellas otras que nos estarían vetadas por transcurrir en el interior de los hogares de los vecinos del barrio.

Dado que este barrio es prolijo en contrastes, por sus aceras deambulan personajes tales como jubilados, parados, inmigrantes, modernos, mafiosos, actores, policías, niños, comerciantes, prostitutas, curiosos, ladrones, drogadictos, adolescentes, poetas,  vagabundos... mezclándose e intercalándose en una danza colorida e irracional.

La novela transcurre a lo largo de un solo día, dividiéndose en tres partes, a saber: mañana, tarde y noche. Su originalidad reside en su propuesta de presentación. Como he comentado antes, se trata de fragmentos breves, con hilos argumentales más o menos largos: existen desde historias que ocupan uno solo de estos fragmentos, a modo de pincelada o instantánea breve pero muy descriptiva, hasta historias que comienzan en la primera parte de la novela y se van desarrollando hasta que conocemos su desenlace en la parte final. Este formato me ha gustado mucho, porque es imposible que ninguna historia sature al lector al ir intercaladas. Además, así se mantiene e incluso se acrecienta el interés por saber cómo se desarrollarán las historias que vamos quedando interrumpidas por ir sabiendo un poco más de las otras, y así sucesivamente.

Leyendo “Vivir y morir en Lavapiés” se tiene la sensación de tener los pies plantados en el centro del barrio con una visión de 360º y conocimiento absoluto de lo que le está ocurriendo en todo momento a cada habitante del barrio, por lo que gustará a todo lector con un mínimo interés por este barrio, extensible también a las situaciones que se viven en muchos otros, madrileños o no, de características similares.

Sobre la precisión en la descripción y la capacidad de síntesis, los que leemos a Barrueco desde hace años y hemos conocido sus artículos periodísticos de opinión, sabemos que es un escritor que, si por algo se caracteriza, es por su capacidad de observación, sometiendo siempre a riguroso examen los detalles más pequeños. Este libro es un homenaje a las técnicas de escritura que utilizaba William S. Burroughs, y también es comparable con este escritor esa capacidad de observación tan afinada. Personalmente, también he establecido sin querer equivalencias o similitudes entre esta novela con otras dos anteriores del mismo autor: la escritura tan fluida, el descenso a los bajos fondos humanos y la falta de escrúpulos me llevan inevitablemente a “Monólogo de un canalla”, así como la descripción de personajes del barrio tan acertada y las continuas y ricas referencias bibliográficas y cinematográficas me llevan a “Recuerdos de un cine de barrio”, reeditada hace poco por la editorial Baile del Sol.

Es una novela para tener en cuenta a la hora de leer y regalar a conocidos: es vertiginosa, no da respiro, está muy bien escrita y además es de un gran escritor, coetáneo y accesible. Qué más se puede pedir. Y, como siempre, un fragmento como muestra, representativo del resto, pero hay mucho más:

Cuatro ancianas, con bolsos y bastones y permanentes. Caminan por la acera. Van a  pasar por la esquina de los ecuatorianos. No dan un rodeo. Pasan por en medio. Algo que gente más joven no haría. Una de ellas levanta la cabeza. Mira a uno de los hombres: sus ojos exigen respeto. Los muchachos se apartan, las dejan pasar. Ellas se alejan ,charlan sobre nietos y recetas de cocina.
-¡Chuta! Ni que esas tuvieran pinga, ñaño...
-Vivieron una guerra civil, fumón. Eso endurece. Es de ley.
-¿Una guerra civil, man? ¿Dónde? ¿Acá?

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